La Mañana Siguiente: Reflexiones de una Latina post 5/11/2024

Siento que hay pánico en el ambiente.
Algunas personas lo dicen más abiertamente; otras parecen sentirse mejor si no hablan mucho sobre el gran cambio inminente.

No sentirse bienvenido puede tener efectos muy negativos en las comunidades inmigrantes. Puede ser retraumatizante. Esto está en el corazón de la salud mental del inmigrante: el miedo de que el lugar a donde huiste ya no se sienta seguro.

Hizo falta mucho esfuerzo y valentía para abandonar lo que antes era acogedor y cómodo (y, en muchos casos, también hostil y aterrador), para enfrentar la adversidad y establecerse en un lugar nuevo y extraño. Muchos sintieron que el viaje valía la pena por la seguridad que les ofrecería el destino. Imaginen su sorpresa cuando la realidad en el nuevo hogar que eligieron comienza a parecerse mucho a aquello de lo cual estaban escapando.

Tal vez una anécdota reciente pueda ayudar a ilustrar algo de lo que estoy diciendo (puede que una parte de mí todavía esté negando el cambio de liderazgo, y eso puede hacer que sea difícil poner en palabras los sentimientos relacionados a ello):

Estaba dando mi paseo matutino con mi perra, una dulce labradora de color chocolate llamada Coya (su nombre significa “reina” en quechua) en Capitol Hill la mañana siguiente a las elecciones. Después del shock inicial al escuchar los resultados, había tratado de mantener la calma recordándome a mí misma que no era la primera vez que esto sucedía, que ahora conocía el tipo de retórica que le resultaba familiar a este régimen, y que tal vez eso podría ayudarme a no dejar que me afectara.

Mientras Coya y yo cruzábamos la calle, vi a un guardia de seguridad en el edificio de la esquina con un sombrero puesto, abrigado para combatir el frío. Su tono de piel más oscuro me recordó el bronceado de mi hermano durante los días de verano cuando crecí en mi Perú natal. Imaginé que sus gestos revelaban a alguien que, un poco como yo, era un recién llegado a este país. En un día normal, no estoy segura de que me hubiera esforzado por hacer contacto visual con un extraño o por saludar a alguien al costado de la calle. Pero ese día, la mañana después de las elecciones, sentí que todos podíamos beneficiarnos de toda la amabilidad que pudiéramos recibir.

Le dije al hombre: “¡Buenos días!” y le di la sonrisa más grande que pude mientras Coya y yo caminábamos a su lado. Ahora me doy cuenta de que lo que quise decir fue: “Te veo, joven. Estoy contigo. No estás solo”. 

Él nos miró, asintió y nos devolvió una gran sonrisa.

Caminé unos pasos más y rompí a llorar.

Al principio no estaba segura de lo que estaba pasando. Segundos después me di cuenta de que podía intentar mantenerme a salvo y protegida, diciéndome a mí misma que podía defenderme de cualquier palabra hostil con amabilidad. Sin embargo, al enfrentarme a otra persona que imaginaba en una situación similar, no podía apartar la mirada. Sentí tristeza por lo que le podía deparar a ese joven amable, que imaginé se había despertado temprano esa mañana y se había presentado a trabajar para seguir construyendo ese hogar lejos de su hogar, donde había esperado ser recibido con los brazos abiertos. Sentí tristeza por otros inmigrantes como yo, y tal vez un poco por mí misma, por la incertidumbre, por las luchas que podrían estar por venir.

Y eso me hizo estar más decidida a llevar ese mensaje conmigo durante el mayor tiempo posible:

Te veo. No estás solo. Estamos juntos en esto.