¿Por Qué Nos Quedamos?

¿Por qué nos quedamos en situaciones que no nos hacen bien?
Tú sabes de qué hablo: relaciones, trabajos, hogares, habitaciones, cenas, conversaciones telefónicas, planes de fin de semana… ¿Ropa?

¿Es el miedo a lo desconocido? ¿La idea de que “ya hemos invertido tanto”? ¿El miedo a envejecer solas que parece gritarnos por todas partes? En serio, ¿cuándo fue la última vez que viste una comedia romántica celebrando la soltería en la vejez?
¿Es el legado de nuestras antepasadas, que sigue intentando convencer a nuestro subconsciente de que necesitamos una pareja para sentirnos seguras, completas? ¿Esa ridícula idea de que quizás seríamos más felices en compañía de otro, de una pareja de vida?
¿Nuestro aparentemente eterno deseo de cuidar a los demás, de proteger, de maternizar? ¿Incluso a nuestras posibles parejas?

Muchas de mis clientas recuerdan cómo sus cuerpos les decían que era hora de irse. Que el tiempo en esa relación había terminado. Pero no quisieron escuchar. Con lágrimas en los ojos, puños cerrados, rostros enrojecidos, recuerdan esos momentos de tensión con arrepentimiento. Y seamos claras —la tristeza, la rabia, muchas veces la decepción, no tiene que ver con que su intento de pareja no haya funcionado. Tiene que ver con no haber escuchado su intuición. Con haberse quedado en contra de su propia voluntad, a pesar de esa vocecita que las urgía a ser libres, prolongando su malestar, cediendo ante los ruegos, robándose la paz y el amor propio que merecían.

Si sientes que algo no está bien —probablemente no lo está. Si hay algo que te hace llorar de vez en cuando, algo que te aprieta el estómago, que no te deja dormir, que te hace sonreír menos —te pido que le prestes atención. Y la terapia puede ser un muy buen lugar para hacer eso.

Escúchame:

TÚ construyes tu propia alegría.
TÚ puedes celebrar, bailar, cantar, escribir, llevar un diario, construir con stickers y colores brillantes el álbum de recortes de tu vida. Como TÚ quieras. Si hay alguien más en la habitación, será él/ella/elle la persona afortunada. Sólo si TÚ lo permites; si contribuye a esa alegría que TÚ has creado. Y porque TÚ la creaste, TÚ eres la única que sabe exactamente la receta correcta para que se mantenga. Y créeme, chica —una vez que la encuentras, no hay forma de que la abandones jamás. Porque eso es real —y sí, es TUYO y sólo TUYO.